Cuando los padres quieren volver a latinoamérica pero los hijos quieren quedarse en España

Los inmigrantes latinoamericanos que tienen que regresar a su tierra por la crisis encuentran dificultades para convencer a sus hijos de que les sigan


Daniela Montes suele definirse como “un bicho raro”. Nació en Barranquilla, en Colombia; creció en Jerez de la Frontera, en Cádiz; y, a los 25 años, lleva cuatro residiendo en Madrid. Estaba segura de que sus padres iban a envejecer tranquilamente en España, pero la crisis ha resultado demasiado dura y no han quedado alternativas. Su padre regresó a Colombia a principios de diciembre y, en las próximas semanas, su madre también se volverá al país del que salieron hace 15 años. Esta Navidad la ha pasado con ella en el piso donde vive, en Atocha. No sabe cuándo volverá a verla. Aun así, no quiere marcharse. Prefiere quedarse en España, aunque sea sola, con las “alas rotas”. Siempre lo tuvo claro. Se siente española o, como puntualiza, “¡andaluza!”.


El de Daniela no es un caso aislado. Por la crisis, miles de inmigrantes se han visto obligados a regresar a sus países de origen tras años de duro trabajo. Los latinoamericanos, que representan la mayoría de los más de 4,5 millones de extranjeros que viven en España (un descenso del 10,5% desde enero de 2013, según el Instituto Nacional de Estadística, que no tiene en cuenta los que poseen la doble nacionalidad) son también los que más han retornado. Son sobre todo ecuatorianos, peruanos, colombianos, dominicanos o bolivianos que, sin embargo, suelen encontrar dificultades a la hora de convencer a sus hijos de que se tienen que marchar. Muchos de ellos nacieron en España. Otros llegaron muy pequeños o adolescentes. Y al contrario que sus padres, fueron criados y educados en el país que les acogió. “Han compartido sus experiencias a lo largo de 10, 15 años, aquí en España. Como es lógico, muchos se sienten más españoles”, sostiene Félix Arturo Chipoco, cónsul de Perú en Madrid.

“Los chavales no quieren cambiar de pandilla de amigos, de colegio y, mucho menos, de país. Y si el retorno implica además peores condiciones de vida (peor educación y sanidad, transporte público más caro o inexistente y más violencia en las calles), la resistencia es aún mayor”, explica Carmen González, investigadora de Demografía y Migraciones Internacionales del Real Instituto Elcano. A menudo, los padres deciden quedarse en España por sus hijos. Otros se ven obligados a regresar. “Cuando los jóvenes han nacido en España o llegaron muy pequeños, no se habla de retorno al país de origen ni de reintegración, sino de emigración y de una nueva integración social”, explica María Luz Valdivia, presidenta de la Fundación Acobe, que auxilia en el proceso de retorno voluntario.


Rosa Aparicio, catedrática de Sociología de la Universidad Pontificia de Comillas e investigadora del Instituto Universitario José Ortega y Gasset, sostiene que “cuanto más tiempo pasan en el país, más aumenta el sentimiento de pertenencia”. Esta experta es coautora del estudio Crecer en España: la integración de los hijos de inmigrantes, que concluye que el 78,4% de la segunda generación de inmigrantes (de cualquier nacionalidad) no han tenido problemas para integrarse. Pero pese al poco rechazo hacia la inmigración, el “gran reto” es la falta de oportunidades de trabajo, ya que “la integración se produce sobre todo a través del empleo cuando se es adulto”, explica González.


La educación es uno de los factores más influyentes en el deseo de los jóvenes de quedarse. La primera generación de inmigrantes, integrada sobre todo por personas de origen más humilde, veía en España una oportunidad de encontrar trabajo y lograr una mejor calidad de vida. La segunda espera que España les dé mejores condiciones para formarse como profesionales. “Eso también es resultado de las ambiciones de sus padres, que aspiran a que sus hijos les superen”, explica Aparicio.


Muchos jóvenes al final deciden quedarse por cuenta propia. Por lo general, están estudiando o trabajando. Con unos 20 años, quieren llegar lejos en el que consideran su país: España.

En Madrid, a Daniela Montes le llaman La andaluza; en Colombia, sus abuelos dicen que es La española y en Jerez de la Frontera es La colombiana para sus amigos. “No pertenezco a ningún lugar. Pero mi hogar es Andalucía”, dice con un marcado acento andaluz.


La familia de Daniela llegó de Barranquilla a la provincia de Cádiz hace 15 años “llevando toda una vida en solo cuatro maletas”. Tenía diez años y su hermana, ocho. Fueron criadas en Jerez, donde su padre montó una empresa familiar de productos químicos: “Hacíamos los lavavajillas, los suavizantes… Hasta nosotras teníamos que trabajar, metiendo las botellas en las cajas”.

Su hermana decidió marcharse a Colombia para estudiar una carrera y “buscar sus orígenes”. Daniela, sin embargo, empezó a estudiar Trabajo Social en la misma ciudad en la que creció. En el último año, por sacar buenas notas, logró una beca para terminar sus estudios en la Complutense de Madrid, donde se graduó en 2011. Compatibilizó su trabajo de trabajadora social con una maestría, participó de proyectos de investigación en el exterior y hoy, a los 25 años, trabaja para la Comunidad de Madrid como mediadora en conflictos. Mientras soluciona las pugnas entre vecinos de las viviendas de protección oficial, estudia Derecho en la UNED.


En Jerez, la vida de su familia empezó a complicarse. Tras el cierre de la empresa, en 2007, su padre empezó a trabajar como representante comercial de otras compañías, cobrando en función de lo que vendía. “No tenía un trabajo estable. Y con la crisis, cada vez le pagaban menos. En 2012 llegué a tener tres trabajos para ayudarles. A lo mejor ingresaba 600 euros en un mes, en otro 1.000… Pero la hipoteca no varía”. Su padre, de 60 años, finalmente recibió este año una oferta de trabajo en Colombia. Se marchó hace un mes; su madre hará lo mismo en algunas semanas.


“Ojalá pueda criar a mis hijos en Jerez, donde aún se puede pagar un euro por la Coca-Cola, la gente es muy cercana y en 15 minutos se está en la playa. He sido una privilegiada. Estoy muy agradecida a mi familia por todo”.

Ramón Alcántara está acostumbrado a las separaciones. Su padre les abandonó a él y a su hermana y, cuando tenía dos años, su madre se vio obligada a dejarles con su abuela en República Dominicana para buscarse la vida en España. No tenía trabajo, pero sí dos hijos a los que mantener. Con el dinero que conseguía como auxiliar de limpieza, los niños comían en Santo Domingo. Así fue durante 15 años. En este periodo Ramón solo vio a su madre “un par de veces”. Cuando tenía 17 años, finalmente, logró los papeles para irse a España.


Hoy Ramón tiene 25, la doble nacionalidad y le encanta vivir en Madrid. “Estuve en otros lugares, pero estar en España, en Madrid, es estar en casa, a gusto. Es mi hogar”. Su hermana hoy vive en Italia y su hermano, que nació aquí, estudia una FP en mecánica y trabaja en una tienda.


Una vez más se alejó de su madre, que hizo el camino inverso: regresó hace un año a Latinoamérica. “Estuvo siempre trabajando, pero la cosa se complicó. Me imagino que vuelva a España algún día. No sé”.


Ramón pensó en buscar empleo en otro país, pero al final es en España donde quiere estar. Hace algunos trabajos temporales, se dedica a “servir” en una iglesia evangélica y tiene el objetivo de estudiar en la Complutense. “Algo de deportes o ciencia de la salud, no lo tengo claro”. Está seguro de que, pese a todo, en Madrid tendrá una mejor formación, un trabajo mejor remunerado y más seguridad. “Hay cosas que sí han empeorado, pero con el tiempo pueden tener un nivel mejor a lo que era antes”.

Luis Enrique Melo llegó de Perú a España en 2007, cuando tenía 18 años, para vivir con su padre. Tenía tres objetivos claros: “Estudiar, estudiar, estudiar”. Pronto se metió en una FP de audiovisuales y, dos años después, empezó periodismo en la Complutense. Su padre, quien llevaba toda una vida en Madrid, trabajaba en hostelería y vivía una vida tranquila.


Las cosas se fueron volvieron cada vez más difíciles y hace tres años su padre perdió el empleo. Tras un año y medio, cuando ya casi se le acababa el dinero del paro, decidió regresar a Perú. “Él había venido por un sueño, pero le desgastó la vida. Se sintió vencido, la situación le obligaba: no había trabajo”.


Hace un año que volvió a Perú. Luis Enrique, en cambio, se busca la vida como puede. Hoy, con 26 años, trabaja como camarero en un restaurante peruano por la tarde, para que pueda compatibilizar con los estudios. Por la noche, se dedica a ensayar en un grupo de danza peruana. “Mi padre tiene su vida, yo estoy empezando la mía. Tenía una idea muy clara: quedarme aquí para estudiar, empezar una carrera profesional y, quizá, regresar un día a Perú”.


A pesar de que haya crecido en su país de origen, asegura que también se siente español por el simple hecho de que le indigna “los problemas que tiene el país”. Y se considera un privilegiado por lo que ha logrado: estudios, amigos, recuerdos, historias. “Pese a la crisis, creo que sí hay oportunidades. ¡Hay que buscarlas! Los latinoamericanos estamos acostumbrados a crisis, hay que buscarse la vida. Sigo creyendo en España y sé que este país puede dar mucho. A mí me lo está dando. Valoro su seguridad, algo que no tenemos en América”.

Tamara Salamea, de 21 años, poco recuerda de su vida en Ecuador. Llegó a España con solo cinco años junto a su padre, y un año después de que viniera su madre. “No teníamos un duro”. Siete años después nació su hermana, la misma época en la que la familia decidió arrancar con un negocio propio y abrió dos restaurantes de comida ecuatoriana. “Les fue muy bien, compraron piso, coche y a mí nunca me faltó nada”.


Los dos establecimientos se cerraron por la crisis, el último hace tres años. Su madre, hoy con 43 años, se fue entonces a Suiza para trabajar como guía turística mientras su padre, de 59, estuvo un año sin trabajar. Finalmente, decidió regresar a Ecuador el pasado febrero, para abrir un negocio aprovechando una herencia familiar. Y Tamara se quedó sola, a cargo de su hermana de 13 años. “Ella al final se va a Ecuador, y creo que también mi madre. Yo no. Estoy en el segundo año de la carrera de Administración y Marketing en la Camilo José Cela. Y si las cosas mejoran, luego empiezo a trabajar y me pago un máster”. Durante las últimas vacaciones en Ecuador, sí llegó a pensar en estudiar allí. Pero se sintió demasiado insegura. Vio que no iba a ser fácil adaptarse. “En mi país se vive bien, sin muchas preocupaciones, pero aquí mi vida es más segura”. En España, cuenta, tuvo la oportunidad de tener clase con buenos profesores. Ha obtenido la doble nacionalidad y se ha integrado muy bien. Pero no se siente española. “Mis padres me transmitieron sus raíces. Pero no creo que pudiera regresar”.


Datos sobre inmigración

En julio de 2014 había 4.538.503 de extranjeros en España, un descenso del 10,53% respecto a enero de 2013, cuando había 5.072.680. Esas cifras no tienen en cuenta las personas que poseen la doble nacionalidad.

Este descenso se ha producido por la emigración y la adquisición de nacionalidad española.

Los ecuatorianos (187.025), los colombianos (154.320), los bolivianos (109.596) y los peruanos (71.755) son las principales comunidades latinoamericanas en España. Tampoco se tiene en cuenta a las personas que poseen la doble nacionalidad.

Los rumanos (721.445) y los marroquíes (697.074) son los principales extranjeros en el país y los que, en término absolutos, más han emigrado. Sin embargo, los latinoamericanos son la mayoría en su conjunto y también los que, en términos relativos, más han regresado a sus países de origen. Durante el primer semestre de 2014, los mayores descensos se dieron entre los peruanos (-14,8%), los bolivianos (-14%) y los ecuatorianos (-12,6%), una tendencia que no ha cambiado desde 2012.

Dado que no hay cifras absolutas, en el número de extranjeros retornados no aparecen los que tienen doble nacionalidad.

La segunda generación de inmigrantes en España tiene en torno a 18 años.

El 77,7% de los que nacieron en España (hijos de padres extranjeros) y el 22,1% de los que llegaron de otro país decían sentirse españoles en 2008, porcentajes que, en 2012, se incrementaron al 81% y al 43,6%.

El 77% de los padres inmigrantes aspiran a una graduación universitaria para sus hijos. El 87,4% dijo estar “muy satisfecho” con la educación de sus hijos en España y un 90,85% opina que tendrán las mismas oportunidades de prosperar que los nativos.

Fuente: El País

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