Excelente iniciativa! La azotea de este Hospital convertida en un patio de recreo para los niños

Son 800 metros cuadrados de suelo acolchado y colorido, con columpios y un parking de motos de juguete: aire, sol y lluvia para los niños enfermos.

Comparte


Se abre la puerta y la primera en aparecer es Laura. Tiene dos años y medio y carga con un dragón y un elefante. Acompañada de su madre y su tía, se dirige a un columpio: unas cuerdas trenzadas en torno a un eje en el que se puede subir y girar. Pero por el camino cambia de idea: ha visto su moto, blanca y rosa, diminuta y de ruedas anchas. Ahora quiere moto. Se monta y sigue su camino. Ni el capricho infantil de la moto ni la escena completa tienen, de por sí, nada de particular: se ven a diario en cualquier parque. Salvo por el gotero hospitalario al que va en todo momento enganchado el cuerpo de Laura.


Pero a medida que aparecen el resto de niños hay muchos más detalles: el inconfundible pañuelo en la cabeza que María, con 7 años, luce con el orgullo de saber que su mera visión ya indica por lo que ha pasado; el complejo batiburrillo de cables eléctricos y goteros que acompaña cada paso que da Yago; la silla de ruedas con la que se mueve Wilger, que con 14 años ya es lo suficientemente presumido para querer esconder los parches que tapan las cicatrices de su operación. Todos ellos comparten mañana en el colorido parque infantil de la azotea de la octava planta del edificio infantil del Hospital 12 de Octubre de Madrid.

Yago entró con 6 meses al hospital por un cáncer raro, histiocitosis X de células de Langerhans, lleva cuatro años ingresado Llegan las lluvias al acabarse el verano. La víspera cayó tormenta, y aunque el día está soleado, las nubes anuncian que puede que esta tarde vuelva a llover. Pero hay a quien el agua no le molesta. María Jesús, la madre de Yago, explica que a él le gusta, "cuando chispea, que el agua le dé en la cara": "No se había mojado nunca con la lluvia".

La lluvia o la silueta de su cuerpo al sol son dos detalles de normalidad. Cualquier niño de 4 años las ha experimentado hasta olvidarse de ellas, salvo que se haya pasado la mayor parte de su vida bajo techo. Ese es el caso de Yago. Sus descubrimientos, incluyendo las hormigas que se ven en las zonas ajardinadas, son un pequeño triunfo fruto de la puesta en marcha de este jardín, inaugurado el pasado mes de mayo por la Fundación Juegaterapia.

Son 800 metros cuadrados de suelo acolchado y colorido, con columpios de distintos tipos, con una cúpula para protegerse del sol, con un parking de motos de juguete –Yago, equipado con su casco, no se separa de la suya– y, sobre todo, con aire.

"Hay niños que están muchísimo tiempo ingresados. Esto es el aire, la luz, otro panorama, otro paisaje. Las horas dentro son muy largas, y mantener entretenido a un niño tantísimo tiempo es complicado. Esto es como un regalo", explica Mariví Martínez, supervisora de las plantas sexta y séptima del hospital infantil.

Ella lo sabe, porque lleva más de 25 años en el centro, y reconoce que por muchas actividades y salas de juegos que se instalen dentro, este jardín, diseñado de forma desinteresada por el estudio de arquitectura Moneo+Brock, proporciona a los niños algo completamente diferente.

"Yo llevo muchos años aquí y nunca pensamos que se pudiera hacer esto. Quizá estuvo aquí siempre y no lo supimos ver antes", añade Mariví. Juegaterapia ya inauguró en 2013 un jardín de similares características en otro de los grandes hospitales de Madrid, en La Paz. Su intención es continuar con esta iniciativa y su siguiente proyecto pasa por el Hospital La Fe, de Valencia.


Ana Sánchez, enfermera del 12 de Octubre, recorre el jardín sin separarse un solo instante de Wilger. Es su protegido. Tiene 14 años y ha pasado el verano ingresado por un tumor en la cabeza: su pelo tiene, en el cogote, una línea vertical, como si de un cortafuegos se tratase, que indica la zona de la intervención. Es el mayor de los que están en la azotea. Posa para las fotos con su mejor ropa y no quiere que se le vean las gasas del cuello. Se quita el parche del ojo para las fotos.

Es presumido: el tránsito hacia la adolescencia ya ha empezado. Pero también a él le beneficia este lugar. "Pedí que viniera un psiquiatra a hablar con él: estaba muy deprimido –explica su enfermera–. Tenía miedo de enfrentarse a la realidad de fuera con las marcas de la garganta y la cabeza. Las visitas de sus hermanos, las salidas de los fines de semana a casa y venir aquí al patio le han sentado muy bien".

"¿Va a estar Lola?"

Otra de las ventajas de esta instalación son las relaciones sociales: hacer amistades es una de las claves. De estar encerrados en una habitación a estar aquí... Para ellos no es sólo un parque, es el patio de su casa Yolanda, la madre de María, explica hasta qué punto son importantes las relaciones que se establecen entre los niños: "Normalmente en los ingresos siempre quiere coincidir con alguien. Me pregunta si va a estar Lola u otros niños. Luego hacen guerras de agua por el pasillo y fiestas de pijamas. Ya que estás ahí metido, que por lo menos ellos no se agobien".

María tiene 7 años, y en febrero de 2014 le fue diagnosticada de un tumor de Wilms. Ha pasado por dos tratamientos: en el primero recibía el tratamiento en el hospital de día y luego se marchaba a su casa; pero en este segundo ha tenido que pasar el verano hospitalizada. Cuando se publique este reportaje habrá terminado con los ciclos y estará a la espera de un autotransplante de médula.

Estos tratamientos no solo son duros para los niños. También para las familias. Yolanda lo explica así: "Se hace eterno, muy largo. Es una pesadilla. Se supone que acabamos, pero...". Los puntos suspensivos guardan el miedo que comparten todas las madres de la azotea del 12 de Octubre. Salir del centro no garantiza que no haya que regresar dentro de poco. Y siempre ellas, las madres. Entre la veintena de personas que estaban aquella mañana allí solo había tres hombres: el periodista, el fotógrafo y un abuelo. El resto, mujeres. La organización de una familia con un hijo enfermo es complicada, pero a la vista del escenario parece claro que los roles siguen tan definidos como siempre: él trabaja y ella cuida.

A veces no es una estancia larga, sino intermitente. Ana Belén, la madre de Laura, explica cómo a su hija la operaron, con dos meses y medio de vida, de atresia biliar: una obstrucción de las vías que llevan la bilis del hígado a la vesícula biliar. Y cómo después de la cirugía pasaron casi un año entrando y saliendo del hospital: "El primer año, todo de infecciones: un mes en casa, otro mes y medio aquí, otro mes a casa...".

Este verano ha tenido que regresar por otra infección, 15 días de un tratamiento que ha surtido efecto, "la niña está fenomenal", y el agradable descubrimiento del jardín: "Es la primera vez que subimos, esto les permite salir del aislamiento y distraerse".


Financiación privada

Las máquinas a las que están enganchados estos niños cuestan dinero. La atención hopitalaria, también. Hay que pagar los sueldos de profesionales dedicados a su trabajo. Y el presupuesto de sanidad no ha hecho otra cosa que menguar en los últimos años. ¿Tiene sentido gastarse el mucho dinero que cuesta un jardín de estas características cuando lo importante tiene que ser la atención médica? Acondicionar la azotea, colocar los suelos, las vallas, los columpios y las zonas de juego, la cúpula...

Fue posible gracias a las pequeñas aportaciones por SMS realizadas por particulares en respuesta a un spot televisivo con Vicente del Bosque, y a la colaboración de diversas fundaciones y empresas Una instalación de este tipo es cara, como reconocen desde Juegaterapia. Es el mismo modelo de financiación que se aplicó en La Paz y se está repitiendo para La Fe.

El servicio que presta una instalación de este tipo no suple las carencias que pueden tener los centros hospitalarios. Pero proporciona algo realmente importante: un recreo, tiempo de diversión al aire libre, distracción respecto al tratamiento y a los largos ratos de estancia en las habitaciones. El jardín no cura, eso lo hacen los médicos, los tratamientos, las medicinas.

El jardín ayuda a sobrellevar la dura carga que para los niños y para las madres es pasar un verano, o un año entero en algunos casos, dentro de un hospital. "Lo primero que dicen las madres es: cuánta falta hacía, por qué no antes", señala Martínez: "Esto es como un regalo. Es realmente muy importante".

Yago y María se montan en los columpios. María luce el pañuelo que oculta la cabeza rala que le ha dejado su tratamiento. Sonríen al sol del final del verano. Se bajan y antes de abandonar el jardín, el personal del hospital indica que ya es hora de volver dentro, Yago se acerca a las vallas y mira al helipuerto. Lo emociona, lo vuelve loco, la presencia, el aterrizaje y el despegue de los helicópteros. Pero hoy no hay. Un poco decepcionado enfila, con el gotero enredado entre sus pies, la puerta. Se acabó el recreo.


Fuente: 20Minutos

Comparte este articulo.


Comentarios:

Escribir comentario

Comentarios: 0