París: el debate del terrorismo y los migrantes

Los atentados en Francia impactan en la discusión sobre la acogida de refugiados en Europa.

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Los atentados ocurridos en París conjugan dos complejos desafíos: el terrorismo y la crisis de los migrantes. En los últimos años Francia ha intervenido en contra del terrorismo en Malí, en Libia y, como parte de la coalición internacional liderada por EE. UU., en Siria. Al mismo tiempo, está entre los receptores de personas desplazadas por  la violencia en  esos  países y otros de Oriente Medio y África. Lo sucedido el viernes en la capital francesa alimenta las teorías de algunos líderes políticos, según los cuales acoger a los refugiados es tan peligroso como abrirles la puerta a los terroristas.


Como reacción a los atentados, Francia ya trabaja con Estados Unidos para incrementar sus ataques aéreos contra la organización Estado Islámico (EI), que controla una amplia región entre Siria e Irak. De manera unilateral, París empezó ayer una ofensiva sobre la ciudad siria de Raqa, autoproclamada capital del Estado Islámico.


Se trataría del ataque de mayor envergadura entre los que venía haciendo la aviación francesa en Siria. Ayer, después de la Cumbre del G-20 celebrada en Antalya, Turquía, se habló de la necesidad de redoblar las operaciones aéreas y seguir apoyando con armamento a las milicias kurdas que luchan en el terreno contra el Estado Islámico. Asimismo, se discutió sobre la necesidad de endurecer la lucha contra la financiación de las organizaciones yihadistas y tener una mayor integración entre los servicios de inteligencia de los países amenazados por el EI, para tratar de evitar atentados tan difusos e irracionales como el de París.

Los líderes políticos europeos parecen estar de acuerdo en la necesidad de reforzar la guerra contra el Estado Islámico, pero les es mucho más difícil decidir en consenso respecto a las amenazas que puedan representar los miles de migrantes que llegan a Europa, huyendo de los lugares donde se libran esas guerras contra el Estado Islámico y el terrorismo en otras  versiones.


Un pasaporte sirio fue encontrado cerca del cadáver de uno de los suicidas que se inmolaron el viernes en la capital francesa. Hasta donde se sabe, el pasaporte fue registrado el 10 de octubre en la isla griega de Leros, que es una vía de entrada de los refugiados. Según las autoridades serbias, el portador del pasaporte se registró como solicitante de asilo. Fuentes de inteligencia estadounidense sostienen que el documento es falso. Estos hechos, sobre los cuales se sigue investigando, alimentaron el debate político en París después de los atentados. La oposición le exige al presidente Hollande cambios en su política de seguridad y de migración. Después de reunirse con el presidente Hollande, la líder del partido de ultraderecha Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, declaró que varios terroristas pudieron haber entrado entre los inmigrantes que han sido acogidos en Europa.

Antes de que ocurriera el atentado en París ya había dificultades para distribuir a los solicitantes de refugio por cuotas entre los Estados miembros de la Unión Europea. Alegando amenazas a su seguridad y estabilidad, países como Eslovaquia, Hungría y Polonia han adoptado una política de fronteras cerradas y con lo ocurrido en Francia encuentran más argumentos para sostener su posición.

Pero dejar que los migrantes se mueran en el mar Mediterráneo, en Siria o en  otras guerras en sus respectivos países, o que busquen vías ilegales para ingresar a Europa, no plantea solución alguna, sino un incremento de la tragedia humana y de los riesgos asociados con la migración. Por eso, ahora Europa enfrenta el debate entre mantener las puertas abiertas a los refugiados y al mismo tiempo salvaguardar su seguridad.  El presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, dijo en la Cumbre del G-20 que no debe haber confusión: “Una cosa son los refugiados y los desplazados, y otra los criminales responsables de los atentados”. Respecto al portador del pasaporte sirio, afirmó que “no es un refugiado, sino alguien que abusó de los procedimientos de emigración”. La solución, para Juncker, está en mantener las fronteras abiertas, pero al mismo tiempo mejorar los controles de seguridad en la frontera exterior de la Unión Europea.

Esa necesidad de no confundir entre refugiados y terroristas, o entre musulmanes y terroristas (que es prácticamente lo mismo en la actual crisis migratoria en Europa), pasa por un combate que se da en Occidente cada vez con más fuerza: la lucha contra la islamofobia y, dentro de ésta, las posturas simplistas que asocian de manera automática al islam con el terrorismo.  Estas posturas impidieron una respuesta efectiva y oportuna cuando empezó la masiva llegada de migrantes a Europa y, por el contrario, han generado mayor radicalización política y social.

El combate contra la islamofobia no se gana con las armas, sino con el compromiso de los medios de comunicación, los movimientos sociales, los líderes espirituales y políticos que están cambiando las narrativas y los imaginarios sobre el terrorismo y el islam. Edward Said, un prominente intelectual palestino, mostró en sus investigaciones que a partir de episodios como la crisis de los rehenes en Teherán en 1979, la dieta informática de los medios de Occidente, especialmente los estadounidenses, que suelen citar a muchos “expertos” en Oriente, así como reiteradas declaraciones de líderes políticos, han hecho que en la mente de muchos occidentales islam y terrorismo sean la misma cosa. Con frecuencia, aun hoy, ante episodios tan confusos como el de París, ambos términos son usados de manera irreflexiva, como si su significado y sus relaciones fueran obvios y estuvieran previamente establecidos. Con esto, el islam aparece en la opinión pública como una religión retrógrada y amenazante para las sociedades seculares y pluralistas de Occidente.

En medio de la conmoción y las reacciones primarias que generó el cruel atentado en Francia, algunos han recordado que adoptar esa visión reduccionista del islam implica entregarles la victoria a organizaciones como el Estado Islámico, pues es esa visión del islam la que buscan imponer: un islam totalmente contrario a Occidente y sus ideas sobre democracia, educación, libertad, mujer, entre otras. En este campo de las percepciones, el fundamentalismo por muchos años ha ganado la batalla, pues en Occidente se ha adoptado esa visión monolítica del islam que alimenta los discursos de odio, el miedo, la xenofobia y la violencia. Desmontar esos prejuicios y generar un imaginario más acorde con la realidad, por el contrario, sería una victoria de la sociedad occidental, pues se verían  las organizaciones terroristas que reivindican el islam como lo que son: una minoría insensata, aunque a veces poderosa, en medio del muy amplio y diverso mundo musulmán. Se  entendería también que el problema no es la religión, sino los fundamentalismos, sean islámicos, judíos, cristianos, etc.

Los propios musulmanes se han esforzado por mostrar que el islam fundamentalista es una minoría despreciada y rechazada por alrededor de 1.500 millones de personas, una población gigante en la cual se encuentran procesos democráticos, pluralismos y feminismos que  dialogan pacíficamente con Occidente. Se ha llegado al punto en que después de un ataque terrorista, los musulmanes salen a mostrar que ellos no son terroristas, sino que también condenan y son las principales víctimas del terrorismo. Así lo hizo el joven que aparece en la foto de este artículo, en frente del restaurante Le Carillon de París, donde el viernes murieron 15 de las víctimas de los ataques.

Fuente: El Espectador

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